
"Que las llamas se levanten hasta el cielo y con ellas el corazón de los mortales; y que el crepitar de sus candentes brasas llene al mundo de amor, luz y alegría”
Últimamente me ha invadido una
constante nostalgia de la vida scout, y cuando esa sensación me llega de repente, una de las primeras imágenes que viene a mi mente, son las fogatas de consejo con las que se acostumbra finalizar los campamentos. Casi me puedo sentir a allí, y llenarme con la calidez que me trasmiten.
Recuerdo innumerables fogatas en calurosas selvas húmedas y en fríos bosques de coníferas, fogatas sentados cómodamente contando historias en algo íntimo, como un campamento de clan, riendo, bromeando, tal vez con un poco de vino tinto; y fogatas parados entonando "No es más que un hasta luego... No es más que un breve adiós" y tomados de las manos con los brazos cruzados dando la media vuelta para el cierre moviéndonos a la par como si fuéramos uno, en aquellos memorables campamentos de grupo, o incluso en algunos esporádicos nacionales.
Una fogata para mí también siempre estará asociada a la música, a todas esas clásicas canciones scouts que jamás pasarán de moda, desde las cargadas de mucho sentimentalismo como "Viejo uniforme cuanto tiempo ha pasado, cuantos recuerdos haces tú revivir" o "Domingo a domingo scout de corazón” hasta las graciosas e incluso chuscas como "Un clanero y una clanera, guapa, se cayeron a un río, guapa, y no sé cómo le hicieron, guapa,

pero no pasaron frio" o las que van con baile y todo como "Oh alele oh alele alele kita tonga amatsa amatsa amatsa", y claro "Clementina", una de mis favoritas debo confesar.
La verdad, es que lo extraño, no solo las fogatas y las canciones, extraño los campamentos, las excursiones, hacer herbarios, trazas rutas, leer mapas, pasar pistas de comando y el sentir mi uniforme puesto, luciéndolo orgullosamente y gritándole al mundo que soy scout de México y de Lord B.P.
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