
Hoy en una plática de sobremesa a la hora de comida en mi oficina el contador me pregunto si alguna vez había roto un corazón, le respondí que algunas veces, y luego me pregunto si alguna vez había hecho a un hombre llorar, por un momento no se me ocurrió ninguno, entonces, vino a mi mente en un flashback el phillia 2002.
En los scouts hay como equipos, llamados patrullas, bueno, en la sección que en aquel entonces se llamaba expedicionarios, y que ahora se llama caminantes (sin comentarios), es algo que se toma muy a pecho, se ama, se vive, pertenecer a una patrulla es un honor, el ganar algo en su nombre una gloria para la eternidad.
La corte de honor es una patrulla integrada por los guías (lideres) de estas patrullas. En marzo del 2002 yo tenía menos de medio año de haberme mudado a Villahermosa y entrado a los scouts, había estado antes en movimientos de escultismo como las guías scouts, pero esa es otra historia. Yo me había integrado a una patrulla de historia y tradición en el grupo, Argos, y que dos arriesgadas chavas estaban intentando reabrir, así que ahí estábamos las tres, Thalía (la guía) y Paola (la subguia) irían al Phillia, campamento de cortes de honor, mas extremo e interesante que los otros (o eso se contaba), para cuando todo eso se estaba planeando Paola, de 16 años, resulto embarazada y se salió de los scouts (hace unos meses por pura casualidad compartimos un taxi mientras llevaba a su niño a una fiesta), así que yo termine yendo al campamento. Tenía yo 13, aunque ese año cumplí 14, era casi tan alta como soy ahora pero muchísimo más delgada, no sabía lo que era el maquillaje y recuerdo haber experimentado con el delineador de cejas de Marichus y que se rieran de mi, si me conocen, saben que lo que menos necesito son mas cejas…
Recuerdo que fue un viaje de 27 horas en un camión sin clima ni baño, haciendo las paradas fisiológicamente necesarias, aun así, no nos aburrimos, fuimos cantando, en el relajo, contando historias, y conociéndonos, pues también iba la corte de honor del grupo 3, y la de muchachos de nuestro grupo. Nunca había yo visto a una cantidad tan enorme de gente reunida en un mismo lugar como el día de registro al campamento, en esa plaza de Saltillo, hasta donde alcanzaras a ver había scouts, y ese sentimiento indescriptible de hermandad, solo otro scout puede entenderlo. Nos quedamos las 6: Thalía, Roció, Maricruz, Citlali, Andrea (nuestra scouter) y yo con una familia donde varios de sus miembros eran scouts, nos cedieron una habitación con 3 literas, nos llevaron a turistear por la ciudad, nos dieron frijoles charros y discada, todo muy delicioso y un trato muy amable.
Nos dividieron por rutas, dieron un mapa e indicaciones y partimos con un par de advertencias como “Si ven un lince o un oso no corran, alcen los brazos y griten hasta espantarlo”, y no, no nos topamos con ninguno de los dos, aunque sí con sus rastros. El primer día nos perdimos, y terminamos topándonos con un par de patrullas perdidas igual que nosotras, recuerdo a una de ellas porque su banderín asemejaba a una bolsa de sabritas, eran el 4 de Monclova y una de sus integrantes se llamaba Gaby, lo recuerdo porque así se llama mi hermana y yo la adoro a la condenada. Después de caminar sin poder ubicarnos en ese paisaje que para nada recuerda a las húmedas selvas tabasqueñas, terminamos tomando nuestros silbatos y pitando con la esperanza de que nos oyeran, así fue, y al poco rato otro silbatazo nos contesto, estuvimos comunicándonos así, guiándonos por el oído, hasta que regresamos al camino, otros scouts nos ayudaron, con su silbatazo, a encontrar nuestro camino de regreso. Tres días estuvimos caminando con mochilas de 15 kilos a la espalda y una altura y clima al que no estábamos acostumbrados, claro, que con la energía y amor por la vida de mi adolescencia, yo me adelantaba en las caminatas, y para cuando las demás me alcanzaban yo ya estaba haciendo de comer. En fin, después de que llegamos al punto final de la ruta, empezaron las actividades de destreza física, técnica y demás. Por las noches ponían música y luces para crear ambiente y hacían stands donde cada estado mostraba lo más destacado de su cultura. Muchos cayeron ante los poco aparentemente agresivos chiles amashito, pequeños y muy muy picosos que a más de uno les sacaron lagrimas.
El caso es que en una de esas noches disco, en un momento de querer socializar (algo raro en mi) andaba platicando con todos los scouts a mi alrededor con preguntas como ¿De dónde eres? ¿Cómo se llama tu grupo? ¿Qué significan los colores de tu pañoleta? Luego en unas vueltas una chavas me dijeron que un chavo del DF me andaba buscando, al parecer se había flechado en mí, se llama Luis, tenía como 15 años, y era de un grupo de Coyoacan. Platicamos todos los días del resto del campamento, intercambiamos teléfono (aun no se usaban emails ni celulares), pero al final nos alejamos, ya saben la distancia y esas cosas.
En verano de ese mismo año, tuve mi primer novio, un expedicionario de mi grupo llamado Jesús, fuimos al EEAS juntos, aunque yo lo ignore la mayor parte del tiempo para pasear con mis amigas. Al parecer Luis había ido a verme y cuando yo llegue con novio, el lloro…. Y todo eso recordé platicando hoy después del desayuno en mi oficina.